I. La ilusión de la ubicuidad
Nos han prometido que podemos habitar todos los tiempos y todos los lugares a la vez. Que basta deslizar un dedo para estar en cualquier parte, saber cualquier cosa, conversar con cualquiera. Que somos, por fin, globales y eternos. Pero esa promesa, examinada con lucidez, esconde una sustracción silenciosa: cuanto más creemos estar en todas partes, menos estamos verdaderamente en alguna.
La ubicuidad que la época nos ofrece no es plenitud del mundo, sino su contrario exacto: una circulación sin cuerpo por una infraestructura invisible, un tránsito que no dirigen ni el deseo ni la biografía, sino una arquitectura de algoritmos que nos mueve sin que nos movamos.
En esa deriva perdemos lo que nunca debió cederse: la pluralidad densa del mundo. No la información —de eso hay sobreabundancia hasta el ahogo—, sino la textura de las épocas que no son la nuestra, de las geografías que no pisamos, de las mentes que no coinciden con la nuestra en el tiempo. Perdemos el peso de otras historias, el espesor de otras ideas, la opacidad fértil de las personas reales.
“Lo que la hiperconectividad nos entrega como libertad es, en verdad, una forma nueva y sofisticada de indigencia: la del sujeto que, por estar en todas partes, ha dejado de estar en sí mismo.”
